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¿El arte contemporáneo es una burbuja de Chandon? Domingo, mediodía, barranca del Paraná, agosto y sol. Acompañaba a Paula, a conocer el Macro. ¿El dedo es una experiencia democrática? Entramos. Dos trabajadoras municipales estaban remachando a otros visitantes la “sugerencia” de subir en ascensor y bajar por las escaleras, a la vez que les cobraban el “bono contribución”. Bono que nos negamos a pagar, es absurdo ser cómplice de la propuesta cultural de la sociedad del espectáculo. Subimos, los pisos son diez. La cabina vidriada es uno de los territorios agradables de esta institución. El ascensor de Costa Alta es más disfrutable y democrático. Nadie se atrevería a compararlo con el del Pompidou. Es auténtico. ¿Sociedad del turismo como pensamiento único? La espacialidad y el sosiego gozados en el ascenso se prolongó en el mirador del décimo. Comenzamos a bajar, nos empezó a cubrir algo parecido al vacío. En el noveno se exhibían obras de la colección de arte contemporáneo del Castagnino + macro. Los trabajos eran de Graciela Sacco, Guillermo Kuitca, Nicola Constantino y Jorge Macchi. Ante la obra de Nicola, Paula enumeró los supuestos de su hacer. La fingida crítica al sistema capitalista, sus redes de venta y consumo. La sátira aparente a los estereotipos de belleza construidos a traves de los medios de comunicación. El discurso de un artista no se conforma unicamente con sus creaciones sino con lo que hace con las mismas. No era vacío lo abrumadoramente impregnante, el vacío es la nada. Tampoco frialdad. Seguimos bajando escalones. Le comenté a Paula de la custodia policial y femenina que nos había brindado Roberto Echen durante la muestra del Palais de Tokio.Las puertas de cada sala/piso, tan de las cámaras frigoríficas. En el sexto, “Cartografías meridionales” casi desierta. Sólo las chismosas camaritas de video y nosotros. Muchas de las obras curadas por Marcela Römer y Andreina Fuentes, abandonadas como NN. No identificadas por título ni autor. Bajamos al 5º, nos encontramos con la muestra de Lila Siegrist. Y ya en el 4º, , vimos que se continuaba caprichosamente “Cartografías meridionales”. Una obra sin nombre me conmovió, fue la pared intervenida por el portorriqueño Efrén Candelaria. En el piso había una guía telefónica rosarina y ceritas negras, algunos rotas, incitando a la escritura. Además de la grafía del autor, había escrituras de otros espectatores. No lo dudé, me sumé a la obra, tomé un crayon y escribí. Apareció una de las chicas que realmente trabajan en el Macro para informarme que no se podía intervenir la obra. Como si estuviéramos en el museo Rosa Galisteo de Rodríguez antes de que Paco Urondo fuera subsecretario de cultura. Me disculpé como pude La política cultural del Macro es quien molesta, no los artistas. Como espectadores, seguimos errando por los silos, siguiendo la imposición descendente. Paula sostuvo que no había claridad en la propuesta curatorial, criterios que enhebraran las diversas obras, una construcción formal o de significados que construyeran al tema del mapeo. ¿Hay distancia entre el pergamino e internet? Además de cierta improvisación en el montaje, la desconexión entre las obras se afirmaba más por bajar-entrar-salir-bajar signado por la estructura del edificio. Pedí el cuaderno de notas en la recepción, donde me identifiqué y me hice responsable por la intervención hecha a la obra de Efrén Candelaria, desligando toda responsabilidad a las conservadoras del Macro. Me comuniqué con Efrén Candelaria, recordó puntualmente mi intervención, aceptó mis disculpas y me confesó que siempre había pensado que el trabajo artístico no le pertenece más al artista una vez presentado en el contexto público. Para muchos rosarinos, el Macro es ya un sitio emblemático. Tan emblemático como el monumento. El “monumento al pozo” que por décadas tuvimos en San Martín y San Juan. El Macro es la presencia de una ausencia.
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